jueves, 28 de mayo de 2020

EL FIN DE SEMANA


Éste ha sido un fin de semana especial en medio de la pandemia que estamos viviendo. En Virginia las cosas comenzaron a cerrar hace dos meses y algunos días. A mi me forzaron a quedarme en la casa hace un mes.
 
Creo que, en este punto ya nos hemos acostumbrado a estar tanto tiempo en la casa.
 
Aunque yo siempre he disfrutado mucho estar en casa, porque me gusta estar conmigo y con el Señor. Disfruto del silencio y la quietud. Desde pequeña he sido así; crecí en una familia en la que tuve la oportunidad de hacer esto siempre. Aunque tengo hermanos, son mayores que yo y me quedé prácticamente como hija única a los 9 años, algunas lunas atrás. Así que la casa y el jardín eran todos para mí.
 
Creo que el correr del tiempo y las situaciones adversas que me ha tocado vivir, me han hecho disfrutar del carácter introvertido con el que Dios decidió mandarme a La Tierra. Me he encontrado a mi misma y me siento cómoda, me caigo relativamente bien. Gracias a Dios por la luz de Su Palabra y la voz del Espíritu Santo que alumbran los lugares oscuros en el silencio y la soledad de mi vida.
Pero, volvamos a la pandemia.
 
Los Meoño (los tres que estamos juntos), como tú, hemos estado saliendo solo si es necesario, para comprar comida, gasolina, ir a la farmacia. Kerim va a la iglesia varias veces a la semana, para dejar todo arreglado para el siguiente servicio en línea.
 
Ahora, creo que no solo a nosotros, nos causa alegría oír el timbre sonar cuando dejan un paquete de algo que ordenamos en línea o si alguien de la iglesia viene a dejarnos algo para la familia o para la iglesia en si. Disfrutamos salir un ratito a recoger el correo o hablar con el vecino, guardando la debida distancia.
 
Pero este fin de semana específicamente han pasado algunas cosas interesantes.
Mi hija y yo trabajamos en la decoración que le pondríamos al carro de ella y así participar de un “baby shower” tipo “servicio de ventanilla.” Es una nueva modalidad de celebrar este y otro tipo de eventos. Los invitados decoran el carro de acuerdo a la ocasión que se celebra y el (la) agasajado decora el frente de su casa y espera a que los invitados pasen en sus carros con globos, rótulos y haciendo ruido. Se pueden hacer intercambios, de regalos y recuerdos. Y al alejarte del lugar, te queda la sensación y la emoción de haber compartido con esa persona una fecha especial, aunque fue solamente por dos o tres minutos.
 
Lo otro interesante que descubrí este fin de semana es lo mucho que mi familia disfruta estar junta. Siempre lo hemos hecho. Aunque claro que somos una familia normal, tenemos nuestras diferencias, buenos y malos ratos y cada quien necesita su espacio, estar solo, hacer sus propias cosas. Pero me di cuenta lo constante que es que terminemos los tres en el mismo lugar. O al menos Nicky y yo, porque muchas veces Kerim está trabajando.
 
Hemos vuelto a compartir los tiempos de comida. Muchas veces nos ahogamos de tanto reírnos, por los chistes o bromas que nos hacemos, por algo de lo que nos acordamos o simplemente porque tenemos dos ardillas que viven en el árbol del patio y hasta ellas se han vuelto de la familia. Se asoman a la puerta de vidrio a pedir comida.
 
Estos días en casa, casi 24 horas los tres juntos, Kerim, Nicky y yo, me han hecho pensar en lo mucho que le agradezco a Dios la oportunidad de haber estado presente en la vida de mis hijos como su mamá, enfermera, motorista, porrista, consejera, cocinera, pastelera y tantas cosas.
 
Y ahora aún más, porque aunque están grandes y nosotros ya no tan jóvenes, disfrutamos estar juntos.
Mientras escribo esto, estoy sentada en la sala de la casa junto a mi hija que está estudiando una de las clases de verano que está tomando en la universidad. Llevamos varias horas sentadas aquí, yo simplemente estoy junto a ella porque queremos estar juntas. Me ha dicho varias veces que no hay problema si me quiero ir a mi cuarto, pero yo quiero estar aquí y oír sus ocurrencias, en medio de lo que está estudiando. Le quiero hacer compañía, aunque no la necesita.
 
No se cómo ni cuándo vamos a regresar a la rutina cotidiana de antes, pero distinta, con un nuevo “normal”. No tengo idea como será el mundo exterior después de esta pandemia.
Lo que se y tengo cierto es que Dios ha estado en medio de todo esto, como siempre lo está.
No lo hemos visto hacer portentos y prodigios. No hemos visto a ningún muerto resucitar o a miles ser sanados milagrosamente. No se ha abierto literalmente el cielo y Él ha hablado.
Pero lo he sentido y lo he visto obrando, trabajando en mi, en otros.
 
Lo cierto es que con este evento mundial muchos que forzadamente han tenido que quedarse encerrados junto a los suyos en casa, han comenzado a valorar nuevamente lo que la familia es, han visto cuanto tiempo han perdido en cosas sin sentido y frivolidades. A muchos se les han abierto los ojos y lo que antes veían como perdido, ahora lo ven como ganancia.
 
Muchos hemos retomado, reconquistado, readquirido, desenterrado sentimientos, relaciones, sueños que habíamos dejado inconclusos o quizás que nunca antes habíamos comenzado.
Este tiempo para mi y quizás para muchos otros, ha sido un tiempo de “silbo apacible”, como el que visitó a Elías en la cueva después de huir de Jezabel. Él oyó la voz de Dios y lo buscó en el viento grande y poderoso, en el terremoto, en el fuego. Pero quizás nunca se le ocurrió que un Dios tan inmenso podría ser contenido en un viento sosegado, silencioso.
 
Lo mismo nos ha pasado a nosotros. A medida que la humanidad ha ido progresando en tantas cosas, hemos olvidado buscar a Dios en los lugares inesperados, en el silencio, en la meditación de Su Palabra, en lo pequeño y cotidiano, en la naturaleza. Hemos cambiado todo esto por el ruido, por la tecnología que nos acerca de una forma y nos aleja de mil.
 
Dios está usando este encierro mundial para que nos volvamos a Él de manera sencilla, sin apariencias, sin pretensiones, sin dobles intenciones.
 
Busquémoslo donde nunca antes lo hemos hecho. Volvamos a las oraciones en donde derramamos lágrimas de agradecimiento, de arrepentimiento, de entrega, pero también de gratitud y satisfacción.
Salgamos de nuestras cuevas como Elías lo hizo, obedeciendo a la voz que le dijo: “ponte en el monte delante de Jehová “y cubramos nuestro rostro cuando logremos oír el silbo apacible sobre nosotros.
Así sabremos que no hemos desperdiciado nada, al contrario, que hemos ganado mucho.

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