martes, 3 de agosto de 2010

Un Buen Tiempo

Hace algunas semanas sabíamos que el domingo 25 de julio nos íbamos de picnic con nuestra familia de la iglesia. Estábamos expectantes por lo que iba a suceder.
Hemos ido al Parque Estatal Rocky Gap en Maryland desde el verano del 2007 y cada experiencia ha sido distinta y única. Nunca hemos ido solos, la familia Meoño, si no que siempre han sido actividades de la iglesia. Hemos pasado tiempo haciendo nada, hablando, conociéndonos un poco más, comiendo juntos.
Este es uno de los lugares más bellos que he visitado en mi vida. El lago al atardecer, cuando está en paz, si el alboroto de los visitantes, parece sacado de una postal.
Es como ver un pedazo del corazón de Dios hacia su amada creación.
Cada árbol, cada nube, cada pedazo de cielo azul hace que mi corazón se emocione más y mas, pensando que Dios hizo cada detalle de la naturaleza para que nosotros la disfrutáramos y muchos hemos tomado la decisión de vivir en medio del concreto, el humo y la contaminación.
Hace unas semanas no fue la excepción. Para ahorrarnos una hora de viaje, pero más para compartir un tiempo con la familia Martínez, nos quedamos a dormir en su casa, como hemos hecho cada vez que vamos a Rocky Gap. Ellos son una bendición muy grande para nosotros como familia. La llamada de Magdiel desde el parque avisándonos que ya los jóvenes estaban apartando los espacios fue lo que nos terminó de despertar y como lo habíamos planeado, Kerim, los chicos y yo salimos hacia el parque a las 6:30 de la mañana. Nicky preguntaba a cada rato si ya íbamos a llegar. La eterna pregunta de un niño que va de viaje en un carro. Cuando viò la montaña que ha sido dinamitada para dejar pasar en medio de ella la carretera I-68 oeste, ya ella sabía que nos faltaba poco para llegar.
Esta vez nos detuvimos a la entrada del parque para tomar las primeras fotografías; pagamos la entrada y llegamos al parqueo, los chicos y yo casi nos tiramos del carro de la emoción de haber llegado. Nos encontramos que no sólo los jóvenes si no varias familias ya estaban allí. ¡Esta vez nos ganaron! El aire olía no sólo a un rico desayuno, si no a amor, a un tiempo lejos de la rutina destinado a compartir y conocernos fuera de la iglesia.
El paisaje estaba tranquilo y apacible cuando llegamos. Había todavía pocas personas en el lugar, pero a medida que fue pasando el tiempo más y más gente fue llegando. No sólo quienes venían a nuestro picnic, si no personas que quizá nunca en nuestra vida volveremos a ver.
Fue un domingo muy particular. El pronóstico del tiempo había anunciado una tormenta, pero todavía el sábado en la noche decían que comenzaría cerca de las 6 de la tarde, pero a medida que pasó el día la tormenta se fue asomando. A eso de la 1:30 pm sonaron las alarmas y los salvavidas comenzaron a sacar a todos del lago como medida preventiva. Muchos de nosotros empezamos a guardar nuestras cosas en los carros sólo por si acaso llovía mucho y claro que llovió, hubo mucho viento, gritos de los niños asustados, truenos y mucha gente corriendo. Algunos de los que habían ido a pasar un día tranquilo decidieron regresarse a su casa mientras que otros nos resguardamos en los carros para esperar que pasara la tormenta y ver que haríamos. Mientras tanto, algunos de los hermanos seguían asando carne aún debajo de la lluvia. Contra todos los pronósticos y después de una fuerte tormenta, el día se tornó lindísimo. El cielo fue perdiendo poco a poco sus tonalidades grises amenazantes y dió paso una vez más al sol. Fue un buen tiempo de comer, compartir, jugar, construír amistades, afirmar otras.
Yo aproveché el tiempo hablando con alguien por aquí y por allá y captando con la cámara algunos momentos que podremos recordar mejor gracias a la maravilla de la fotografía.
De pronto, sin esperarlo, mi teléfono sonó. Era un número desconocido y yo pensé que podía ser mi hermana o alguien de mi familia llamándome. Cuando contesté escuché del otro lado del teléfono una voz súper conocida. Era Harold llamándome desde Costa Rica. El corazón se me aceleró y me dió muchísima emoción escucharlo y que me contara que será papá por segunda vez, ahora de un hermoso varón a quien han llamado Andrés. Kerim y yo asistimos a la boda de él con Rosibel cuando Nicky apenas tenía dos meses de haber nacido.
Ellos fueron todo el tiempo gente que trabajó muy de cerca con nosotros en la iglesia en Costa Rica. Fuimos de los primeros de saber que serían padres. Yo organicé el babyshower para Rosy cuando Allison iba a nacer.
No sólo hablé con él, si no con Rosibel también, con doña Olga, la mamá de Harold y con su hermanita Gabby, quien también ya se casó y está a punto de graduarse de la universidad.
Allí me golpeó el corazón que el tiempo ha pasado sin darme cuenta. Que hace cinco años y medio que no los vemos y que Allison no nos conoce pues tenía días de nacida cuando nos fuimos y que Nicky ya no los recuerda porque ella tenía apenas cuatro años cuando dejó su país.
Al terminar de hablar las lágrimas me corrieron por las mejías. No podía contenerme y me sentía sumamente emocionada por la llamada, por la conversación y al mismo tiempo me sentí sola. Estaba en medio de personas que han llegado a nuestras vidas durante el tiempo que hemos estado aquí, muchos de ellos han estado de cerca con nosotros desde que llegamos y estamos en el proceso de construír relaciones y amistades, pero creo que no hay nada ni nadie terrenal que pueda llenar el vacío que  han dejado en mi corazón todos aquellos que llegaron a ser mi familia en Costa Rica . Allá hice amigos que se convirtieron en mis hermanos, no sólo por el sacrificio de Jesús, si no por todo lo que juntos vivimos. Nuestras experiencias juntos son tantas y tan variadas. No se si algún día voy a dejar de anhelar volver. Se que todo sería distinto. Todos hemos cambiado, hemos crecido en distintas direcciones, pero cada vez que tengo la oportunidad de hablar con alguno de ellos, eso, que los Ticos llaman "mal de patria" me asalta y se queda conmigo por días y días. Pienso una y otra vez en los tiempos con mis amigas y hermanas. Mi corazón se encoge y se contrae, se le hace un nudo, como en mi garganta.
Estoy en un proceso que ha tomado màs de lo que yo pensé. Este ha tomado más tiempo del que me tomó despegarme de mi país y vivir en la que se convirtió en la patria de mis hijos. Dios está enseñándome nuevamente, como lo hizo cuando llegué a vivir a Costa Rica, a dar todo de mi en el lugar en donde estoy, no importando que haya huecos en mi corazón del tamaño y la variedad de los que un queso Gruyere tiene. Se que Él lo llena TODO EN TODO. Se que un día, espero no muy lejano, voy a sentir completamente también que esta es mi casa y que aquí está mi familia.

martes, 22 de junio de 2010

Todo depende del lente con el que lo miras

Si en una de las etapas de tu vida, tu vista te ha fallado no hay nada que te pueda aliviar más que tener unos lentes con el aumento indicado para que todo se vuelva a ver con claridad, los dolores de cabeza y el cansancio de los ojos se vayan.
Comencé a tener la experiencia de volverme miope y astigmática a eso de los catorce años. Toda mi niñez había deseado que me pusieran lentes o anteojos y nunca sucedió. Cuando menos los quería, entonces tocaron la puerta de mi vida de una manera poco gentil y desde ese día en que el Dr. López Beltrán escribió la primera receta, tuve que usar anteojos o lentes de contacto permanentemente, pues si no podría convertirme en una joven versión de "Mr. Magoo", corriendo el riezgo de no salir airosa de mis aventuras como este entretenido personaje. Gracias a una operación que dista mucho de la comodidad de las operaciones laser de hoy, la miopía fue corregida casi en su totalidad, no así el astigmatismo. Todavía hay un par de anteojos en mi cartera que debo usar para manejar en la noche, y aún así no veo bien.

¿Te has probado alguna vez los lentes de otra persona? Al hacerlo, si no es la graduación que tú necesita, seguramente verás todo exagerado, y te dará mareo. Usar los lentes incorrectos no es nada divertido ni seguro.
¿Te has puesto alguna vez una lupa en un ojo y después te has mirado al espejo?
Dependiendo del aumento de la lupa, así el ojo se mira más grande y exagerado. Es algo muy gracioso, pero si lo haces durante mucho tiempo, la cabeza te puede comenzar a doler.
Utilizar los lentes de aumento que no son adecuados para nosotros nos provocan diversas reacciones, ninguna de alivio. Lo mismo sucede con nuestra vida emocional y espiritual.

Si estamos enfocando las cosas con un lente indebido, no lograremos la nitidez de visión que necesitamos para avanzar en la vida y podremos permancer estancados en el mismo lugar, que puede tener el nombre de temor, inseguridad, depresión, ira, rencor o como tú le quieras llamar.

Los ojos son órganos del cuerpo humano sumamente sensibles y quizá de los cinco sentidos, los más desarrollados. Los ojos se logran adaptar a las distintas intensidades de la luz. Por medio de ellos conocemos el mundo exterior y nos hacemos ideas que relacionan palabras con objetos; emociones, estados de ánimo, paisajes, etc.
En casi todos los libros de la Biblia hay al menos un versículo que contiene la palabra ojo u ojos.
Jesús dijo: “Tus ojos son la lámpara de tu cuerpo. Si tu visión es clara, todo tu ser disfrutará de la luz; pero si está nublada, todo tu ser estará en la oscuridad.” (Luc. 11:34 NVI)
Eso quiere decir que el ángulo desde el que yo vea las cosas, las circunstancias, los episodios de mi vida, pueden determinar mi manera de reaccionar, mi estado de ánimo, mi forma de pensar.
Si estoy en un lugar alto, mi visión será mucho más amplia hacia abajo, hacia el horizonte, hacia los lados, que si me encuentro en un valle, ya que las cosas que me rodean interfieren con mi visibilidad.
Todo esto afecta mi vida cotidiana, pues depende del lente que estoy usando para ver los acontecimentos de mi vida, así van a ser mis reacciones.

¿Qué sentimientos te produce ver el cielo azul, despejado, con el sol brillante? Y al contrario, ¿Cómo te sentís si el cielo está completamente obscuro, con amenazas de una tormenta fuerte? Ambos escenarios producen distintas sensaciones en nosotros y todo comienza con lo que estamos viendo.
¿Qué te pasa si te comenzas a imaginar tu platillo favorito? Quizá no lo estás viendo físicamente, pero en tu cerebro hay una imágen guardada de él. Seguramente te producirá ganas de comer.

Definitivamente lo que vemos y la manera en que enfocamos las cosas de la vida diaria influyen mucho en nuestro estado de ánimo.
Por eso el salmista dice:
“A las montañas levanto mis ojos; ¿de dónde ha de venir mi ayuda? Mi ayuda proviene del SEÑOR, creador del cielo y de la tierra.” (Sal. 121:1-2 NVI)
“Hacia ti dirijo la mirada, hacia ti, cuyo trono está en el cielo.” (Sal. 123:1 NVI)

Lastimosamente muchas veces tenemos actitud de gallina y no porque seamos miedosos, si no porque nos la pasamos viendo hacia el suelo, solo en el ámbito terrenal y fijando nuestros ojos en los problemas que nos acosan, en el dolor que muchas veces nos envuelve. Posamos nuestra mirada en lo que nos hace daño o en quienes nos maltratan, en lugar de hacer lo que dice el autor de Hebreos:
“Fijemos la mirada en Jesús, el iniciador y *perfeccionador de nuestra fe, quien por el gozo que le esperaba, soportó la cruz, menospreciando la vergüenza que ella significaba, y ahora está sentado a la *derecha del trono de Dios.” (Heb. 12:2 NVI)

Hechos 3:1-11 narra la historia de un hombre cojo de nacimiento, a quien otras personas ponían diariamente en la puerta del Templo, llamada la Hermosa.
Quien sabe cuantos años tendría de estar allí incansablemente pidiendo limosna y debido a su posición física, teniendo una visibilidad limitada, pues aunque levantara su cabeza, no podía ver más allá de donde su cuello lograra llegar. Seguramente en su condición de mendigo, se había acostumbrado a alzar su mano para pedir, pero no sus ojos. Quizá su mirada estaba enfocada en su limitación física y en los impedimentos que esto significaba para él. Su falta de mobilidad en las piernas había logrado inmobilizar todo su ser.
Pero de pronto llegan al templo, a la hora de la oración, dos personajes que cambiarían la vida de este hombre para siempre. Me imagino que no era el único limosnero en ese lugar y que no había nada especial en él a los ojos de los demás, pero cuando el cojo vio a Pedro y a Juan, extendió su mano para pedir, pero no sabía que lo que estaba pidiendo no era un par de monedas, si no que el poder de Dios se moviera sobre él para cambiar su estado no sólo físico, si no espiritual. Lucas dice que el hombre vio a los apóstoles, pero no creo que haya fijado su mirada en ellos, si no los vio de manera casual.
Pero para recibir su milagro, fue necesario que cambiara su enfoque, que limpiara el lente a traves del cual estaba viendo su rutinaria vida.

Pedro, con la energía que lo ha caracterizado en cada relato bíblico le dijo firmemente: "¡Míranos!". Puedo imaginar la escena y escuchar la grave voz de este pescador convertido en aquel a quien le entregaron las llaves del Reino de los cielos.
Esa voz potente hizo que este hombre levantara sus ojos y los mirara fijamente. Este simple cambio de actitud, de posicionar sus ojos en el lugar y las personas adecuadas, cambió su destino para siempre. El hombre fijó su mirada en ellos y esperaba recibir algo, pero no se imaginaba que no era dinero lo que le darían, si no la libertad de moverse y hacer con su vida algo útil. Esa independencia que tanto anhelaba le sería concedida porque decidió cambiar su enfoque.
“—No tengo plata ni oro —declaró Pedro—, pero lo que tengo te doy. En el nombre de *Jesucristo de Nazaret, ¡levántate y anda!
Y tomándolo por la mano derecha, lo levantó. Al instante los pies y los tobillos del hombre cobraron fuerza. De un salto se puso en pie y comenzó a caminar.” (Hechos 3:6-8 NVI)

Después de enfocarse en las personas y el lugar indicado, fue capaz de levantarse de ese lugar que le había sido familiar por tanto tiempo. Era su zona de comodidad, a la puerta La Hermosa. No necesitó mucho, cambiar su mirada de lugar lo hizo creer que también su condición física podía cambiar. Y en un instante su rutina se hizo pedazos. El frasco de lata que usaba para pedir limosna quedó un lado y la conmiseración fue cambiada y comenzó a caminar; su discurso para pedir limosna se transformó en alabanza y danza.

El milagro de este hombre llegó a su vida porque obedeció a la voz que le dijo "¡Míranos!"
¿Estás tú dispuesto a cambiar el punto en donde estás fijando tu mirada?