martes, 22 de junio de 2010

Todo depende del lente con el que lo miras

Si en una de las etapas de tu vida, tu vista te ha fallado no hay nada que te pueda aliviar más que tener unos lentes con el aumento indicado para que todo se vuelva a ver con claridad, los dolores de cabeza y el cansancio de los ojos se vayan.
Comencé a tener la experiencia de volverme miope y astigmática a eso de los catorce años. Toda mi niñez había deseado que me pusieran lentes o anteojos y nunca sucedió. Cuando menos los quería, entonces tocaron la puerta de mi vida de una manera poco gentil y desde ese día en que el Dr. López Beltrán escribió la primera receta, tuve que usar anteojos o lentes de contacto permanentemente, pues si no podría convertirme en una joven versión de "Mr. Magoo", corriendo el riezgo de no salir airosa de mis aventuras como este entretenido personaje. Gracias a una operación que dista mucho de la comodidad de las operaciones laser de hoy, la miopía fue corregida casi en su totalidad, no así el astigmatismo. Todavía hay un par de anteojos en mi cartera que debo usar para manejar en la noche, y aún así no veo bien.

¿Te has probado alguna vez los lentes de otra persona? Al hacerlo, si no es la graduación que tú necesita, seguramente verás todo exagerado, y te dará mareo. Usar los lentes incorrectos no es nada divertido ni seguro.
¿Te has puesto alguna vez una lupa en un ojo y después te has mirado al espejo?
Dependiendo del aumento de la lupa, así el ojo se mira más grande y exagerado. Es algo muy gracioso, pero si lo haces durante mucho tiempo, la cabeza te puede comenzar a doler.
Utilizar los lentes de aumento que no son adecuados para nosotros nos provocan diversas reacciones, ninguna de alivio. Lo mismo sucede con nuestra vida emocional y espiritual.

Si estamos enfocando las cosas con un lente indebido, no lograremos la nitidez de visión que necesitamos para avanzar en la vida y podremos permancer estancados en el mismo lugar, que puede tener el nombre de temor, inseguridad, depresión, ira, rencor o como tú le quieras llamar.

Los ojos son órganos del cuerpo humano sumamente sensibles y quizá de los cinco sentidos, los más desarrollados. Los ojos se logran adaptar a las distintas intensidades de la luz. Por medio de ellos conocemos el mundo exterior y nos hacemos ideas que relacionan palabras con objetos; emociones, estados de ánimo, paisajes, etc.
En casi todos los libros de la Biblia hay al menos un versículo que contiene la palabra ojo u ojos.
Jesús dijo: “Tus ojos son la lámpara de tu cuerpo. Si tu visión es clara, todo tu ser disfrutará de la luz; pero si está nublada, todo tu ser estará en la oscuridad.” (Luc. 11:34 NVI)
Eso quiere decir que el ángulo desde el que yo vea las cosas, las circunstancias, los episodios de mi vida, pueden determinar mi manera de reaccionar, mi estado de ánimo, mi forma de pensar.
Si estoy en un lugar alto, mi visión será mucho más amplia hacia abajo, hacia el horizonte, hacia los lados, que si me encuentro en un valle, ya que las cosas que me rodean interfieren con mi visibilidad.
Todo esto afecta mi vida cotidiana, pues depende del lente que estoy usando para ver los acontecimentos de mi vida, así van a ser mis reacciones.

¿Qué sentimientos te produce ver el cielo azul, despejado, con el sol brillante? Y al contrario, ¿Cómo te sentís si el cielo está completamente obscuro, con amenazas de una tormenta fuerte? Ambos escenarios producen distintas sensaciones en nosotros y todo comienza con lo que estamos viendo.
¿Qué te pasa si te comenzas a imaginar tu platillo favorito? Quizá no lo estás viendo físicamente, pero en tu cerebro hay una imágen guardada de él. Seguramente te producirá ganas de comer.

Definitivamente lo que vemos y la manera en que enfocamos las cosas de la vida diaria influyen mucho en nuestro estado de ánimo.
Por eso el salmista dice:
“A las montañas levanto mis ojos; ¿de dónde ha de venir mi ayuda? Mi ayuda proviene del SEÑOR, creador del cielo y de la tierra.” (Sal. 121:1-2 NVI)
“Hacia ti dirijo la mirada, hacia ti, cuyo trono está en el cielo.” (Sal. 123:1 NVI)

Lastimosamente muchas veces tenemos actitud de gallina y no porque seamos miedosos, si no porque nos la pasamos viendo hacia el suelo, solo en el ámbito terrenal y fijando nuestros ojos en los problemas que nos acosan, en el dolor que muchas veces nos envuelve. Posamos nuestra mirada en lo que nos hace daño o en quienes nos maltratan, en lugar de hacer lo que dice el autor de Hebreos:
“Fijemos la mirada en Jesús, el iniciador y *perfeccionador de nuestra fe, quien por el gozo que le esperaba, soportó la cruz, menospreciando la vergüenza que ella significaba, y ahora está sentado a la *derecha del trono de Dios.” (Heb. 12:2 NVI)

Hechos 3:1-11 narra la historia de un hombre cojo de nacimiento, a quien otras personas ponían diariamente en la puerta del Templo, llamada la Hermosa.
Quien sabe cuantos años tendría de estar allí incansablemente pidiendo limosna y debido a su posición física, teniendo una visibilidad limitada, pues aunque levantara su cabeza, no podía ver más allá de donde su cuello lograra llegar. Seguramente en su condición de mendigo, se había acostumbrado a alzar su mano para pedir, pero no sus ojos. Quizá su mirada estaba enfocada en su limitación física y en los impedimentos que esto significaba para él. Su falta de mobilidad en las piernas había logrado inmobilizar todo su ser.
Pero de pronto llegan al templo, a la hora de la oración, dos personajes que cambiarían la vida de este hombre para siempre. Me imagino que no era el único limosnero en ese lugar y que no había nada especial en él a los ojos de los demás, pero cuando el cojo vio a Pedro y a Juan, extendió su mano para pedir, pero no sabía que lo que estaba pidiendo no era un par de monedas, si no que el poder de Dios se moviera sobre él para cambiar su estado no sólo físico, si no espiritual. Lucas dice que el hombre vio a los apóstoles, pero no creo que haya fijado su mirada en ellos, si no los vio de manera casual.
Pero para recibir su milagro, fue necesario que cambiara su enfoque, que limpiara el lente a traves del cual estaba viendo su rutinaria vida.

Pedro, con la energía que lo ha caracterizado en cada relato bíblico le dijo firmemente: "¡Míranos!". Puedo imaginar la escena y escuchar la grave voz de este pescador convertido en aquel a quien le entregaron las llaves del Reino de los cielos.
Esa voz potente hizo que este hombre levantara sus ojos y los mirara fijamente. Este simple cambio de actitud, de posicionar sus ojos en el lugar y las personas adecuadas, cambió su destino para siempre. El hombre fijó su mirada en ellos y esperaba recibir algo, pero no se imaginaba que no era dinero lo que le darían, si no la libertad de moverse y hacer con su vida algo útil. Esa independencia que tanto anhelaba le sería concedida porque decidió cambiar su enfoque.
“—No tengo plata ni oro —declaró Pedro—, pero lo que tengo te doy. En el nombre de *Jesucristo de Nazaret, ¡levántate y anda!
Y tomándolo por la mano derecha, lo levantó. Al instante los pies y los tobillos del hombre cobraron fuerza. De un salto se puso en pie y comenzó a caminar.” (Hechos 3:6-8 NVI)

Después de enfocarse en las personas y el lugar indicado, fue capaz de levantarse de ese lugar que le había sido familiar por tanto tiempo. Era su zona de comodidad, a la puerta La Hermosa. No necesitó mucho, cambiar su mirada de lugar lo hizo creer que también su condición física podía cambiar. Y en un instante su rutina se hizo pedazos. El frasco de lata que usaba para pedir limosna quedó un lado y la conmiseración fue cambiada y comenzó a caminar; su discurso para pedir limosna se transformó en alabanza y danza.

El milagro de este hombre llegó a su vida porque obedeció a la voz que le dijo "¡Míranos!"
¿Estás tú dispuesto a cambiar el punto en donde estás fijando tu mirada?