Hace algunas semanas sabíamos que el domingo 25 de julio nos íbamos de picnic con nuestra familia de la iglesia. Estábamos expectantes por lo que iba a suceder.
Hemos ido al Parque Estatal Rocky Gap en Maryland desde el verano del 2007 y cada experiencia ha sido distinta y única. Nunca hemos ido solos, la familia Meoño, si no que siempre han sido actividades de la iglesia. Hemos pasado tiempo haciendo nada, hablando, conociéndonos un poco más, comiendo juntos.
Este es uno de los lugares más bellos que he visitado en mi vida. El lago al atardecer, cuando está en paz, si el alboroto de los visitantes, parece sacado de una postal.
Es como ver un pedazo del corazón de Dios hacia su amada creación.
Cada árbol, cada nube, cada pedazo de cielo azul hace que mi corazón se emocione más y mas, pensando que Dios hizo cada detalle de la naturaleza para que nosotros la disfrutáramos y muchos hemos tomado la decisión de vivir en medio del concreto, el humo y la contaminación.
Hace unas semanas no fue la excepción. Para ahorrarnos una hora de viaje, pero más para compartir un tiempo con la familia Martínez, nos quedamos a dormir en su casa, como hemos hecho cada vez que vamos a Rocky Gap. Ellos son una bendición muy grande para nosotros como familia. La llamada de Magdiel desde el parque avisándonos que ya los jóvenes estaban apartando los espacios fue lo que nos terminó de despertar y como lo habíamos planeado, Kerim, los chicos y yo salimos hacia el parque a las 6:30 de la mañana. Nicky preguntaba a cada rato si ya íbamos a llegar. La eterna pregunta de un niño que va de viaje en un carro. Cuando viò la montaña que ha sido dinamitada para dejar pasar en medio de ella la carretera I-68 oeste, ya ella sabía que nos faltaba poco para llegar.
Esta vez nos detuvimos a la entrada del parque para tomar las primeras fotografías; pagamos la entrada y llegamos al parqueo, los chicos y yo casi nos tiramos del carro de la emoción de haber llegado. Nos encontramos que no sólo los jóvenes si no varias familias ya estaban allí. ¡Esta vez nos ganaron! El aire olía no sólo a un rico desayuno, si no a amor, a un tiempo lejos de la rutina destinado a compartir y conocernos fuera de la iglesia.
El paisaje estaba tranquilo y apacible cuando llegamos. Había todavía pocas personas en el lugar, pero a medida que fue pasando el tiempo más y más gente fue llegando. No sólo quienes venían a nuestro picnic, si no personas que quizá nunca en nuestra vida volveremos a ver.
Fue un domingo muy particular. El pronóstico del tiempo había anunciado una tormenta, pero todavía el sábado en la noche decían que comenzaría cerca de las 6 de la tarde, pero a medida que pasó el día la tormenta se fue asomando. A eso de la 1:30 pm sonaron las alarmas y los salvavidas comenzaron a sacar a todos del lago como medida preventiva. Muchos de nosotros empezamos a guardar nuestras cosas en los carros sólo por si acaso llovía mucho y claro que llovió, hubo mucho viento, gritos de los niños asustados, truenos y mucha gente corriendo. Algunos de los que habían ido a pasar un día tranquilo decidieron regresarse a su casa mientras que otros nos resguardamos en los carros para esperar que pasara la tormenta y ver que haríamos. Mientras tanto, algunos de los hermanos seguían asando carne aún debajo de la lluvia. Contra todos los pronósticos y después de una fuerte tormenta, el día se tornó lindísimo. El cielo fue perdiendo poco a poco sus tonalidades grises amenazantes y dió paso una vez más al sol. Fue un buen tiempo de comer, compartir, jugar, construír amistades, afirmar otras.
Yo aproveché el tiempo hablando con alguien por aquí y por allá y captando con la cámara algunos momentos que podremos recordar mejor gracias a la maravilla de la fotografía.
De pronto, sin esperarlo, mi teléfono sonó. Era un número desconocido y yo pensé que podía ser mi hermana o alguien de mi familia llamándome. Cuando contesté escuché del otro lado del teléfono una voz súper conocida. Era Harold llamándome desde Costa Rica. El corazón se me aceleró y me dió muchísima emoción escucharlo y que me contara que será papá por segunda vez, ahora de un hermoso varón a quien han llamado Andrés. Kerim y yo asistimos a la boda de él con Rosibel cuando Nicky apenas tenía dos meses de haber nacido.
Ellos fueron todo el tiempo gente que trabajó muy de cerca con nosotros en la iglesia en Costa Rica. Fuimos de los primeros de saber que serían padres. Yo organicé el babyshower para Rosy cuando Allison iba a nacer.
No sólo hablé con él, si no con Rosibel también, con doña Olga, la mamá de Harold y con su hermanita Gabby, quien también ya se casó y está a punto de graduarse de la universidad.
Allí me golpeó el corazón que el tiempo ha pasado sin darme cuenta. Que hace cinco años y medio que no los vemos y que Allison no nos conoce pues tenía días de nacida cuando nos fuimos y que Nicky ya no los recuerda porque ella tenía apenas cuatro años cuando dejó su país.
Al terminar de hablar las lágrimas me corrieron por las mejías. No podía contenerme y me sentía sumamente emocionada por la llamada, por la conversación y al mismo tiempo me sentí sola. Estaba en medio de personas que han llegado a nuestras vidas durante el tiempo que hemos estado aquí, muchos de ellos han estado de cerca con nosotros desde que llegamos y estamos en el proceso de construír relaciones y amistades, pero creo que no hay nada ni nadie terrenal que pueda llenar el vacío que han dejado en mi corazón todos aquellos que llegaron a ser mi familia en Costa Rica . Allá hice amigos que se convirtieron en mis hermanos, no sólo por el sacrificio de Jesús, si no por todo lo que juntos vivimos. Nuestras experiencias juntos son tantas y tan variadas. No se si algún día voy a dejar de anhelar volver. Se que todo sería distinto. Todos hemos cambiado, hemos crecido en distintas direcciones, pero cada vez que tengo la oportunidad de hablar con alguno de ellos, eso, que los Ticos llaman "mal de patria" me asalta y se queda conmigo por días y días. Pienso una y otra vez en los tiempos con mis amigas y hermanas. Mi corazón se encoge y se contrae, se le hace un nudo, como en mi garganta.
Estoy en un proceso que ha tomado màs de lo que yo pensé. Este ha tomado más tiempo del que me tomó despegarme de mi país y vivir en la que se convirtió en la patria de mis hijos. Dios está enseñándome nuevamente, como lo hizo cuando llegué a vivir a Costa Rica, a dar todo de mi en el lugar en donde estoy, no importando que haya huecos en mi corazón del tamaño y la variedad de los que un queso Gruyere tiene. Se que Él lo llena TODO EN TODO. Se que un día, espero no muy lejano, voy a sentir completamente también que esta es mi casa y que aquí está mi familia.
Esta vez nos detuvimos a la entrada del parque para tomar las primeras fotografías; pagamos la entrada y llegamos al parqueo, los chicos y yo casi nos tiramos del carro de la emoción de haber llegado. Nos encontramos que no sólo los jóvenes si no varias familias ya estaban allí. ¡Esta vez nos ganaron! El aire olía no sólo a un rico desayuno, si no a amor, a un tiempo lejos de la rutina destinado a compartir y conocernos fuera de la iglesia.
El paisaje estaba tranquilo y apacible cuando llegamos. Había todavía pocas personas en el lugar, pero a medida que fue pasando el tiempo más y más gente fue llegando. No sólo quienes venían a nuestro picnic, si no personas que quizá nunca en nuestra vida volveremos a ver.
Fue un domingo muy particular. El pronóstico del tiempo había anunciado una tormenta, pero todavía el sábado en la noche decían que comenzaría cerca de las 6 de la tarde, pero a medida que pasó el día la tormenta se fue asomando. A eso de la 1:30 pm sonaron las alarmas y los salvavidas comenzaron a sacar a todos del lago como medida preventiva. Muchos de nosotros empezamos a guardar nuestras cosas en los carros sólo por si acaso llovía mucho y claro que llovió, hubo mucho viento, gritos de los niños asustados, truenos y mucha gente corriendo. Algunos de los que habían ido a pasar un día tranquilo decidieron regresarse a su casa mientras que otros nos resguardamos en los carros para esperar que pasara la tormenta y ver que haríamos. Mientras tanto, algunos de los hermanos seguían asando carne aún debajo de la lluvia. Contra todos los pronósticos y después de una fuerte tormenta, el día se tornó lindísimo. El cielo fue perdiendo poco a poco sus tonalidades grises amenazantes y dió paso una vez más al sol. Fue un buen tiempo de comer, compartir, jugar, construír amistades, afirmar otras.
Yo aproveché el tiempo hablando con alguien por aquí y por allá y captando con la cámara algunos momentos que podremos recordar mejor gracias a la maravilla de la fotografía.
De pronto, sin esperarlo, mi teléfono sonó. Era un número desconocido y yo pensé que podía ser mi hermana o alguien de mi familia llamándome. Cuando contesté escuché del otro lado del teléfono una voz súper conocida. Era Harold llamándome desde Costa Rica. El corazón se me aceleró y me dió muchísima emoción escucharlo y que me contara que será papá por segunda vez, ahora de un hermoso varón a quien han llamado Andrés. Kerim y yo asistimos a la boda de él con Rosibel cuando Nicky apenas tenía dos meses de haber nacido.
Ellos fueron todo el tiempo gente que trabajó muy de cerca con nosotros en la iglesia en Costa Rica. Fuimos de los primeros de saber que serían padres. Yo organicé el babyshower para Rosy cuando Allison iba a nacer.
No sólo hablé con él, si no con Rosibel también, con doña Olga, la mamá de Harold y con su hermanita Gabby, quien también ya se casó y está a punto de graduarse de la universidad.
Allí me golpeó el corazón que el tiempo ha pasado sin darme cuenta. Que hace cinco años y medio que no los vemos y que Allison no nos conoce pues tenía días de nacida cuando nos fuimos y que Nicky ya no los recuerda porque ella tenía apenas cuatro años cuando dejó su país.
Al terminar de hablar las lágrimas me corrieron por las mejías. No podía contenerme y me sentía sumamente emocionada por la llamada, por la conversación y al mismo tiempo me sentí sola. Estaba en medio de personas que han llegado a nuestras vidas durante el tiempo que hemos estado aquí, muchos de ellos han estado de cerca con nosotros desde que llegamos y estamos en el proceso de construír relaciones y amistades, pero creo que no hay nada ni nadie terrenal que pueda llenar el vacío que han dejado en mi corazón todos aquellos que llegaron a ser mi familia en Costa Rica . Allá hice amigos que se convirtieron en mis hermanos, no sólo por el sacrificio de Jesús, si no por todo lo que juntos vivimos. Nuestras experiencias juntos son tantas y tan variadas. No se si algún día voy a dejar de anhelar volver. Se que todo sería distinto. Todos hemos cambiado, hemos crecido en distintas direcciones, pero cada vez que tengo la oportunidad de hablar con alguno de ellos, eso, que los Ticos llaman "mal de patria" me asalta y se queda conmigo por días y días. Pienso una y otra vez en los tiempos con mis amigas y hermanas. Mi corazón se encoge y se contrae, se le hace un nudo, como en mi garganta.
Estoy en un proceso que ha tomado màs de lo que yo pensé. Este ha tomado más tiempo del que me tomó despegarme de mi país y vivir en la que se convirtió en la patria de mis hijos. Dios está enseñándome nuevamente, como lo hizo cuando llegué a vivir a Costa Rica, a dar todo de mi en el lugar en donde estoy, no importando que haya huecos en mi corazón del tamaño y la variedad de los que un queso Gruyere tiene. Se que Él lo llena TODO EN TODO. Se que un día, espero no muy lejano, voy a sentir completamente también que esta es mi casa y que aquí está mi familia.