jueves, 28 de mayo de 2020

KINTSUGI


En diciembre del año pasado (2019), nuestros amigos los Quinteros, vinieron a pasar un tiempo con nosotros y a ministrar en nuestra iglesia, Comunidad Cristiana Renacer en el norte de Virginia.
 
Mi esposo y yo teníamos un viaje planeado a El Salvador en enero de este año, para asistir a la boda de mi sobrina a quien llamo cariñosamente LaMon. Así que, aprovechando el viaje a San Salvador, mi esposo iba a estar predicando en la iglesia Luminares y algunas otras.
 
Ricardo me sorprendió pidiéndome que compartiera un tiempo con las jóvenes de su iglesia y sin pensarlo dije que sí. Después me entraron los nervios. Él, Chely y las jóvenes de la iglesia se apresuraron a armar la actividad y en un santiamén estaba todo listo, menos yo.
 
Comencé entonces a orar para que Dios me diera un sentir en el corazón sobre lo que tenía que compartir, pues no es cualquier cosa. Estuve leyendo y no me acuerdo cuando, ¡pin!, el foquito en mi corazón se encendió. Quizás por mi propia experiencia, hablar con otras mujeres sobre el tema es algo que me apasiona.
 
Estos son los elementos de la ilustración que usaría:
*Kintsugi
* Un corazón
* Un candado
* Una llave
* Una flecha
 
Hice una manualidad para llevarle a las chicas y que les quedara de recuerdo. No soy muy diestra haciendo manualidades, pero me defiendo un poco y disfruté el proceso, que es lo importante.
 
Casi un año atrás leí por primera vez sobre KINTSUGI, que es un arte o técnica japonesa que consiste en poner piezas de cerámica rotas nuevamente juntas, utilizando como “pegamento” el oro. La técnica está basada en la idea de que en abrazar las imperfecciones y los defectos, se puede crear una pieza de arte aún más sólida, más hermosa. Cada rotura es única y en lugar de repararla como nueva, la antigua técnica de aproximadamente 400 años, resalta las “cicatrices” como parte del diseño. Utilizar en nuestra vida cotidiana esta metáfora ancestral para sanar nuestro corazón y emociones, nos ayuda a aprender una lección importante: Muchas veces el proceso es más importante que el destino. El proceso de reparar lo que se ha roto, quebrado, crea algo único, hermoso y resiliente.
 
Kintsugi revela como sanar y nos muestra que somos aún mejores con nuestras rajaduras doradas. Esto es algo poderoso en nuestra vida diaria. 
 
Si estás atravesando la perdida de un ser amado, como me ha tocado a mi tanta veces en el transcurso de mi vida o la pérdida de un empleo, como lo experimenté hace un mes o si te estás recuperando de una lesión física o emocional como un divorcio o cualquier otra tragedia personal, Kintsugi puede ser una manera en que reenfoquemos las adversidades de la vida y nos recordemos que no somos víctimas de las circunstancias, que somos los protagonistas de nuestra historia, los héroes de la batalla y nos apoyemos en esta técnica para salir al otro lado siendo personas más fuertes, mas seguras de nosotros mismas, amándonos a nosotros mismos como dijo Jesús, de la misma manera que amamos a otros.
 
En el libro “El Bienestar Kintsugi: El arte japonés de nutrir la mente, el cuerpo y el espíritu” Candice Kumai dice: “Tú no realizas tu potencial completo hasta que atraviesas momentos duros.” Dicho esto, Kintsugi conlleva trabajo y conciencia para ser verdaderamente sano.
Kumai habla tambión de “Wabi Sabi”, que es admirar y celebrar las imperfecciones y vivir de manera simple. “Todos pasamos momentos duros y aparentar que vivimos una vida perfecta no es necesariamente realista,” dice.
 
En Japonés, wabi significa solo y “sabi” es el pasar del tiempo. Juntos, nos enseñan como abrazar lo bueno y lo malas de nosotros y la asimetría de la vida.
 
Me gusta mucho leer y aprende sobre diversas cosas, porque en “la multitud de consejos está la victoria” dice Proverbios 11:14, es decir que, si seguimos el consejo de Santiago y pedimos sabiduría a Dios, Él nos la va a dar sin medida. ¿Para qué? Para todo, para vivir, para encontrarlo a Él en cada cosa y detalle, en lo que vemos y leemos, en el diario vivir, porque debemos hacer todo como para el Señor, de corazón y no para los hombres (Col. 3:23) “
 
¿Cómo podemos aplicar el Kintsugi a nuestra vida cristiana?
 
Bueno, ninguno de nosotros cuando llegamos a los pies del Jesús veníamos completos. De ser así, no hubiéramos necesitado tener un encuentro personal con Él. Si somos sinceros y dejamos de aparentar, todos veníamos hechos pedazos, rotos, heridos, con piezas perdidas. Aún, si como yo, nos encontramos con Jesús a temprana edad. Y eso que mi vida parecía perfecta, pero no lo era.
 
Quizás, no lo sabíamos, pero aparte de venir rotos, estábamos en una cárcel, sombría, húmeda, en soledad.
 
Nunca he estado en una cárcel física, ni reclusa, ni siquiera de visita. Ni Dios permita que lo esté.
 
Pero se lo que es tener el corazón y los sentimientos encarcelados, por el orgullo, la soberbia, los complejos de superioridad y también de inferioridad, las inseguridades, las dudas, el dolor, la pérdida. ¿Qué más podes tú añadir? Yo tengo una lista interminable de celdas en donde he estado encerrada.
 
Soy esposa de un pastor ¿Y no soy perfecta? No, disto muchísimo de serlo.
 
Soy, en muchas áreas de mi vida, como esas piezas rotas, que necesitan ser pegadas con oro, por un sabio artista, Dios, en tres personas, Padre, Hijo y Espíritu Santo.
 
En la Biblia el oro simboliza divinidad, inalteribilidad. Es por eso que Dios escoge usarlo para reparar las piezas rotas de nuestra vida y para que luego brillemos para Su Gloria, en cada lugar en donde estemos o lleguemos. Para que brillemos sin necesidad de hablar, con solo ser quienes somos en Él, “linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para anunciar las virtudes de Aquél que nos llamó de las tinieblas a Su luz admirable” (1ª. Pedro 2:9).
 
La metáfora del Kintsugi nos sirve para entregar nuestro corazón, para encontrar las llaves que abren los candados que tiene las puertas de las celdas de nuestro corazón y para que al fín seamos libres, como flechas, volando en el aire para alcanzar blancos específicos, las áreas de nuestro destino.
 
Tu corazón: El asiento del intelecto y las emociones.
 
“Pues como piensa dentro de sí, así es él [en conducta – es un manipulador]. Proverbios 23:7a NBLA
“Dame, hijo mío, tu corazón, Y que tus ojos se deleiten en mis caminos.” Proverbios 23:26 NBLA
 
Candado: Cerradura suelta contenida en una caja de metal, que por medio de armellas asegura puertas, ventanas, tapas de cofres, maletas, etc.
 
Llave: Instrumento, comúnmente metálico, que, introducido en una cerradura, permite activar el mecanismo que la abre y la cierra.
 
Flecha: Arma arrojadiza compuesta de una asta delgada con una punta afilada en uno de sus extremos y en el opuesto algunas plumas cortas que sirven para que mantenga la dirección al ser disparada.
 
Medita en el significado que cada uno de estos elementos tiene en tu vida hoy.
Nuestras experiencias pasadas nunca son un desperdicio. Dios siempre las utiliza para llevarnos a algo mejor, excelente, satisfactorio.
 
Uno de mis versos favoritos es Salmo 139:14 y lo prefiero en inglés, porque dice que he sido maravillosa, notable, extraordinaria y sorprendentemente creada. La versión The Message dice que “cuerpo y alma, ¡he sido maravillosamente hecha!”
 
¿Lo creo? No, no siempre lo hago, pero eso no evita que esté grabado en mi mente, en mi corazón, en mi piel y que el Espíritu Santo lo utilice para repetirme una y otra vez que es cierto, no por mí, si no por la obra redentora de Cristo Jesús.
 
Entonces, ¿Cuáles son tus fortalezas y cuáles tus debilidades??
 
Todos apuntan a que te deshagas de tus debilidades, porque somos una humanidad caída y estamos acostumbrados a ver más lo malo que lo bueno. Pero lo ideal sería que nos enfocáramos en nuestras fortalezas y trabajáramos mucho más tiempo ellas para pulirlas y hacerlas relumbrar, brillar y con ellas dejar ciego al enemigo de nuestras almas.
 
¿Quién entonces tiene la llave para abrir el candado? La tengo yo, la tenes tú, porque es nuestra voluntad. Pero la persona que en realidad puede usar esa llave y abrir el candado de tu corazón con la llave de su amor, es Jesús. Él es el único que puede decirnos como le dijo a aquella mujer: “¿dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te condenó? Ella dijo: Ninguno, Señor. Entonces Jesús le dijo: Ni yo te condeno; vete, y no peques más.” Juan 8:10b, 11
 
  Esas palabras son el arco que sostiene nuestras flechas y nos hacen libres.
 
 

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